Un abrazo, amigo.
Madrid sigue ahí, ya lo he visto. Acabo de regresar de esa ciudad. Sólo unos pocos saben lo que hubo ahí hace cincuenta años. Solo veo lo que han suplantado los estratos posteriores. Las nuevas edificaciones y comercios no me dicen nada (pertenecen a los que me sobrevivirán). Veo el mercado, la iglesia y la casa grande que aún permanecen en esa manzana. La que fue mi manzana, por podrida que pueda llegar a estar, y aunque se convirtiera en una manzana de oro, no verá abatida la iglesia con sus dos torres. Entré, ¡claro que entré!, a ver a ese Jesús partiendo el pan suspendido en el aire. Siempre me hablaba y me hablará hasta que el destino quiera. Mejor dicho: me hablará mientras yo viva de modo consciente (o casi tal). Dice el Señor que hacía mucho tiempo que no nos veíamos de ese modo tan empírico, él como estatua suspendida y yo como barro arrodillado. Hicimos el papel de padre eterno y de niño grande y amargado. Encendí unas velas (ahora eléctricas) y pedí. Creo que pedí, literalmente, "lo que haya que pedir". No pide la voluntad, sino la necesidad.
Si vuelvo, dejaré en algún sitio de ese lugar santo algunos de mis diarios. Que vuelva o no depende de lo que tarden en reventar los fideos del corazón o del cerebro; o lo que tarde en humear el hígado o el páncreas (de cosas así depende el mero "volver").
He visto lo que somos cuando llegamos a elevadas edades. Creo que no podría sentirme yo, no podría valorarme como identidad, si no oliese orines. Ancianidad y orín son sinónimos. También los gritos forman parte de la edad que termina. Aparentemente sin sentido, esos gritos dan miedo: "¡Moreno, te voy a dejar en cueros! ¡Toma patá en los huevos!" Y el médico sonríe, las auxiliares también sonríen (saben que cuando ellas lo estimen oportuno desconectarán el hilo que une la estridencia de la locura a la vida). Hay palabras que no se dicen, pero cuyo "innombrable" significado siempre se cumple. "Corporativismo" es una de ellas. Nunca la unión de un equipo tuvo mejor motivación. Catilina conocía esta gran verdad. También Bakunin.
Y aquí estamos. He visto la generación de "Pieles arrugadas" que consideraba un lujo tener un teléfono de aquellos de disco; y la nueva generación, la que lleva implantada un smart en medio de cada ventrículo. Cada generación con sus sensores. Los "Pieles arrugadas" tienen los sensores ya consumidos y los "Pieles nuevas" los tienen todos en el rectángulo móvil de Pandora. La diferencia principal es que los "arrugados" llegaron a sentir el alma; los "nuevos" son la tecnología que usan y carecen de identidad, alma o cosa similar. Por eso son nuevos y absolutamente intercambiables y prescindibles.
Alguien me pregunta si hay algún televisor en la residencia, que necesita saber cómo van las negociaciones sobre el gobierno y a qué hora es el partido de Champions del Real Madrid. Sonrío, niego con la cabeza y con la sonrisa, me encojo de hombros... e imagino llevar una gran túnica negra y una guadaña en mi brazo. "Ese señor reventará su tórax contra el volante una madrugada", me digo. Y poco a poco voy asumiendo la teatralidad de la muerte.

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