La dignidad de un hombre.
No queda nada para zanjar esta persecución indiferente de un grupo de crueles paletos. Al hombre le cuesta controlar las emociones y obtener la indiferencia; pero, cuando lo consigue, es feliz. Para esa indiferencia hacen falta pasos legales, "actitudinales", cambios (de espacio, económicos, de conocidos). Cuando esos pasos se han dado, quizás se pueda dar un paso libre, aunque no conduzca a la felicidad. La felicidad le ha sido vetada al hombre contemporáneo, no la quiere, ni la busca. Quien aprende a morir, es ganador, es decir, se ha adaptado. Aprender a morir es que, cuando ves el televisor, la muerte de un bebé y la entrega de un premio a alguien que se lo merece producen la misma reacción: ninguna. El telediario o las noticias de la radio, para el que aprendió a morir, son una secuencia de neutralidades que no despiertan nada, que no hacen saltar calificativos maniqueos. Es un indicador de la felicidad de nuestro tiempo. Y de la dignidad.
