La Selva de Próspero

Sapere aude!

31.3.18

La carretera mata. El sol se mete en la cabeza y conduce en lugar del piloto: así mueren muchos. El viaje acaba. Por eso las aseguradoras tienen en cuenta ese detalle cuando alguien compra un automóvil: prevén que el comprador pueda morir en carretera y dan de alta pólizas para el caso de que el piloto pierda la vida. Según Estadística mueren mejor los acompañantes. ¿Conoces algún acompañante de cuya muerte seas culpable? Si es así, ¿cómo es sostenible tu vida? ¿Tan importante es lo que te ata? Lo dudo mucho. Toma un calmante, serénate y acaba el viaje por tu cuenta.

Acédicos

Hay personas que vampirizan el entusiasmo. Les gusta que seas un instante para ellos, aunque luego quedes en la cuneta. Tienen sus justificaciones; ni siquiera necesitan, realmente, justificar. Este juego es un círculo que se repite. Lo doloroso es que se acaba desapareciendo para todos en uno de esos empeños. A posteriori da la impresión de que la víctima no es madura y no sabe asumir los golpes. Recuerdo lo que dice Jimmy (Sean Penn) a Dave (Tim Robbins) en Mystic River cuando le apuñala y Dave afirma que no está preparado para morir: "Ya te lo dije, Dave, siempre se muere solo". A continuación dispara. Es una escena que deja mal cuerpo si hay sensibilidad. Esas personas de las que hablo -da igual el género: masculino o femenino- son como Jimmy o como Celeste, la mujer de Dave. Crueles como uno o cobardes como la otra vampirizan el entusiasmo y arrebatan la vida. También ellos mueren solos. 

30.3.18

Los ocultos están ahí.

La lluvia es agua de siempre. Las ruedas girarán sobre el agua de esa lluvia y te llevarán ahí, donde ahora mismo estás pensando. Y te quedarás allí, tumbado, sin eso que llevas dentro y con un respiro dirás lo que quieres decir. Así me hablo. Usted ya tiene su vida; vívala, si puede. Usted no es mi problema como yo no soy el suyo. Hable con Dios. Y si no hay Dios, entierre a sus muertos; siempre hay algún muerto al que enterrar. 
Y a usted (o a ti) que se maneja en el subsuelo: no se calcula el tiempo del hartazgo y del hastío. ¿Qué importa cuánto sea el tiempo? Lo que importa es la muerte de lo vivo; y cuánto tiempo lleva muerto lo vivo, haciéndose el vivo. 
Si usted (o tú) se metiera aquí dentro, se sorprendería de no sentir ningún miedo por lo que se pudre. No lo sentiría. Se manejaría con florecitas de primavera o con crucecitas de pasión. Se comportaría como el cadáver que es y que transpira. 
Si un rayo de luz rompiese esta ventana y me partiera en mil pedazos mostraría todas las motitas de polvo que uno es. Usted es esas motitas a millones. 
Abrid las celdas.

21.3.18

Impresión

Así, destartalado, farraguas, como clochard y de reptil; así, enemigo o camarada, sin nadie y con nada, lento y pesado; así, desentusiasmado y sin raíces, arrancado y en exilio; así, sin pretextos ni justificaciones, obligado, señalado por las circunstancias; así, bajo efectos secundarios de la soledad, indeciso, machacado; así, jironado, malogrado y en declive, en el último suspiro; así, de infarto, a sabiendas de los otros, inevitable; así, perdido, sin otros, nada y nadie, al vacío; así, con el gorrito, trastabillando por aceras y entre coches, como mi padre; así, sin merecimiento, indigno y ni siquiera indignado; así, diana de impostura, semoviente impecune, saco de paliativos; así, cero en olvido, caso imposible, hueco en la conciencia ajena; así, miserable tolerado, equívoco explicable, fruto de culpas; así y con el gorrito, bajo el frío y la alucinación, así, así; así se despide aterradoramente un brote de la vida. 

20.3.18

Lo que te define es lo que se va

"Fuiste pintado con colores muy oscuros". Lo fui y son los colores que la vista pierde de vista conforme los años y los días pasan. Ningún color predomina. El color es cosa de sentidos: poca cosa. También el sonido lo es; pero me cuesta escribir que el Stabat Mater de Pergolesi es poca cosa. Y me parece traición escribir que el golpe del frío en la cara sea poca cosa. Me entiendes, desde donde me leas o me sientas, me entiendes. Colores oscuros, Sísifo, colores oscuros para una mirada única como la tuya que supo ver esos colores y definirme. Este Stabat Mater se eleva para ti con mi recuerdo. "Todo está bien". ¿Sabes? Este es el tiempo, el inicio de la primavera, el frío inicio de la primavera, para recordar el círculo en el que creemos estar y exclamar ese "Todo está bien". En ese círculo de estaciones nos definimos mientras nos vemos como desde fuera. 

Me meto en el Vidit suum dulcem Natum y saludo a la primavera: efímera, simbólica, flor de un día. ¡Ay! Siempre estaba quejándome. ¡Hasta en primavera! ¡Sobre todo en primavera! Pero tú sabes que las primaveras son revolucionarias. Ese mayo del 68 y esa Primavera de Praga muestran que la primavera huele a libertad y a lucha: después todo se agosta (nunca mejor dicho: aquel 20 de agosto del 68, por ejemplo). Lo que queda son palabras. Pero, ¡qué palabras! Esas palabras que tú barajabas con el don de conocer todos los juegos. Fue en una primavera cuando ventilé la obra de Kundera en mi cerebro. Me obsesioné tanto (con las lecturas me suelo obsesionar) que me olvidé -siempre, siempre, siempre me olvido- que luego no hay nadie con quien poder comentar lo leído. Siempre he olvidado aquella revolucionaria decisión del 88: ser ángel y repartir mensajes -la función mensajera del ángel, pero con cartera o carrito-. Un ángel obedece, no crea. Y si cree que crea, no puede ni debe hacerlo. Lo angelical esta reñido con el humano proceder que crea. Las creaciones humanas brotan con la finalidad de ser destruidas. 

Aquí hubo una primavera; tú aún eras flor de este enrarecido mundo. La gente se tiró literalmente en la puerta dedicada al sol y creyó imaginar una alucinación de rebeldía. Lo que salió de ello ya lo viste. Nunca supe tu opinión. Pero lo que salió de allí fue un color oscuro, Sísifo, aunque ese color escondía falsedad, comunión con la traición y una burla hacia aquellos que creyeron imaginar una alucinación de rebeldía. La loba democracia, en este caso, amamantó hienas y convirtieron el parlamento en un auditorio de chillonas y apestosas risas moradas. Ahora callan y hacen tertulias: el destino es justo y castiga con la humillación. Cuando algunos nombran la palabra "intelectual" el diafragma se contrae en una carcajada. Al final nos definen los carroñeros: gaviotas o hienas. También hay una rosa podrida y negra que canta la palinodia de cuarenta años perdidos. Y allá, en el fondo, una naranja joven y hermosa, tentadora como una manzana para algunos necios, me hace entonar el Mignonne, allons voir si la rose. Sí, la primavera es la rosa como el gusano es mariposa; después el invierno congela las larvas de todo. 

¡En fin! Todo comenzó con ese "Fuiste pintado con colores muy oscuros". Aún no sé por quién. Un psiquiatra diría que por mí mismo. Un sacerdote que por Dios. Y un científico que por mis genes. Me definen los colores oscuros y lo que me define se va. 

19.3.18

La nave de las almas

Sueño con niños de nieve que queman con risas de lluvia. Cabalgan sobre caballos de todos los colores mientras el frío me impide moverme. Se ríen, me nombran, señalan mi coche. "¡Es un caballo de lata! ¡Es un caballo de lata!" Yo sonrío, sonrío porque son inocentes y la inocencia me hace sonreír con ternura. "Eres el señor del caballo de lata". Se acercan, tocan el "supuesto" caballo de lata y el "supuesto" coche. Ellos no saben que esa nave ha sacrificado miles de estrellas y que oculta infinitos agujeros negros en el corazón de su motor. "Tu caballo no tiene vida". Sonrío y recupero algo de movimiento. Juego con los niños. "Sí, claro que tiene vida: ¡tiene muchas vidas en su interior! No os riáis de él. Es muy susceptible. Es bueno, cariñoso, amigable; pero en ciertos instantes, imprevisibles, pierde la razón y absorbe la energía de las estrellas". Los niños de nieve se sorprenden y cesan las risas de lluvia. "¿Qué hace tu caballo de lata?" Me hago el interesante, me insisten, hago como que cedo:
"Veréis. Yo imagino un lugar, un lugar de esos que aparecen en los rectángulos de luz que la gente lleva en sus bolsillos. Entonces, este "caballo de lata" encuentra el camino sin necesidad de que esos artilugios le guíen. ¿Sabéis por qué? Porque este "caballo" ha visitado todos los mundos de la tierra. ¡Todos! Y su memoria es prodigiosa e inmortal como su alma".
"¡Pues parece que no sabe hacer nada!" Vuelvo a sonreír. Me rindo a los niños de nieve. "Está bien, quise hacerme el interesante. Es sólo un caballo de lata". Los niños ríen de nuevo porque creen que han acertado al saber que mi nave no es una cosa del otro mundo.
¡Ay, mis niños! Verdaderamente todos los mundos están en esa nave. Si vierais lo que sus "faros" han visto, dejaríais de ser niños en el acto y os convertiríais en demonios.

Errando

La tinta quiere hacer las paces con los nervios cuando nota la página en blanco. ¿De qué escribir cuando la pluma está herida? ¿Cuando todo está herido? Cualquier ruido es grande si el silencio es enorme. Veo algo en uno de mis cuadernos escritos:

Un día lees
y ves que eres tú en eso
que yo hube escrito.
Para esto vine
y no me volví loco
hasta el final.

Lo escribí antes de una gran migraña. Lo sé por lo que escribí después:

Se rompe el sol
brillante en mi cabeza.
Es el invierno.

¿De qué tu miedo?
No respondas, lo ves
cuando respiras.

Es otro lado.
No estuve aquí, recuerdo
sin recordar.

Veo en el cuaderno trazos y tramos de cosas vividas como manchas de pintura. Hay textos que se resumen en la mancha de la fecha. Por ejemplo: Diecinueve de enero de dos mil dieciocho. Escribo sobre una vara que se consume en el incensario: "Equilibrar fuerzas es sostener el tiempo que una vara tarda en consumirse sin oscilar, vacilar o dudar. Permanecer firme en la densa danza de este humo es firmeza y equilibro".  Debió gustarme eso, porque lo firmé con nombre y dos apellidos.

Luego muchas hojas arrancadas. Hoy he escrito en las siguientes hojas en blanco. Nada que importe. Escribí sobre "El Día del Padre".  Más de lo mismo, cierta languidez. Pero, lo que escribo es cierto, un mosquito estuvo bastante rato dando vueltas a esa página de densa tinta negra. Le hubiera podido matar. ¡A mi único lector! ¡Ni hablar! Revoloteaba sobre las líneas:

"Si es el día del padre, y no lo soy, ¿qué puedo hacer? Nada. Ser padre, dicen, es una experiencia increíble. Asguran que lo grande tiene que ver con eso.
Tal vez ser padre es... una experiencia. ¿No es eso ya bastante? Dejemos de calificar experiencias y dejemos de señalar al que las padece. Seamos más simples. Aprendamos cosas, por aprender, sin engrandecerlas ni disminuirlas.
Lo que importa es la experiencia. No valoremos experiencias, disparemos -ahora que está de moda disparar- contra las comparaciones que cotejan experiencias para calificarlas.
Cada experiencia es única. No conoces por primera vez a alguien varias veces. ¡Es de cajón!
Si fuese padre, tú, lector sin mirada, me regalarías una corbata y te vestiría con ella. Es la única manera de poder tener legítimamente una corbata."

El mosquito revoloteaba sobre esas líneas, sin posarse, como tomando perspectiva de lo que estaba ahí petrificado en palabras. No me vais a creer, se acercó a mi oído derecho y me dijo:

"¡Qué pena no haberrr essstudiado! No entiendo lo que ha essscrrrito".


17.3.18

Las aguas del deshielo están anegando nuestro amor, amor mío. Aguas de tiempo que nos arrebatan todo a este paso. He detenido el movimiento del mar esta noche de viernes; lo ha detenido el ángel del Señor. Escucha. Viene del sur y habla con voz de arena: es el dolor por lo amado. Escucha: canta y llora como si se hubiera secado la sangre, pero no la herida. Alto es el grito, caliente el aire y fría la piel: ¡oh, amor mío! La piedad moja la madrugada. Mira esa niebla: es el aliento del viento, que también llora. Ha llovido demasiado, no quedan alas ni la saliva se puede tragar. ¿Podremos cantar aún viendo llorar nuestras soledades? El ángel agita alas sin color y la niebla cubre una noche negra. Apenas hemos tocado fondo. La madrugada será salvaje con sus hijos. Siempre nacemos en una madrugada en la que todo está por decir. Pero nosotros dos aún seguimos en silencio y el tiempo ha pasado. ¡Cuántos deshielos bajo este mar sin mar! ¡Cuánto amor y cuánto viento! Todo repetido, vida mía, menos el dolor -que siempre es nuevo y recién nacido-. Luchando por abrazarnos y ahora esto: un viento de marzo que presagia el fuego del infierno. Nos negarán las aguas del deshielo y nos anegará otra nueva lluvia y otro nuevo temporal que seguirá las letras del abecedario. ¿Podrás continuar un calvario que no ofrece una cruz para apoyarse? Amor mío, el ángel del Señor se arrastra por la arena y no encuentra lugar entre la niebla. ¿Qué harás tú? Yo fuerzas no tengo. Me he perdido en los aparcamientos de este submundo y deambulo buscando el lugar donde dejé mis propias alas. Tú aún estás sobre la ciudad. Deberás arriesgar, porque eres más fuerte. Tu fuerza será viento y traerá el nuevo mar. Usarás, como el ángel, las espadas del recuerdo y del olvido. Olvidarás lo inolvidable, la herida cicatrizará en una cruz; recordarás el mar de viento que un día te ofrecí entre risas y dichos: es mucho, ahora que el vacío muestra su invisible y siniestra cara. En tu obstinada y enamorada fuerza, amor mío, está el nuevo mundo. El viernes ha dejado cenizas de oro en la madrugada del sábado. ¿No las ves? Debes componer la sinfonía que siempre temí formar con mis emociones; porque conoces y sientes los sonidos que hay en mí. Amor, las luces se van a apagar en un beso y todo desaparecerá: se hará la claridad en esto que atravesamos sin un nombre que poder darle. Estamos enamorados por nuestras raíces, nada importan los frutos; por las raíces habrá tierra. Sí, mujer, tú surcas, tú mueves, tú elevas.

16.3.18

Majerit

Madrid es una foto; pero una foto especial, como las de antes, una foto que conservas como única porque es difícil conseguir una foto. Y lo es: es difícil. Esta vez no he recorrido Madrid, pero basta un tramo de calle, un café, una barra de bar o una terraza para renovar su esencia. ¡Qué contraste! La aplastante soledad de dentro, la del volcán bajo el que uno está sin ser Malcolm Lowry; y la vida de fuera, la que se opone sin enfrentamiento. Me pregunto si es la misma vivencia a solas, como puzzle, o acompañado, como ser vivo.
El hotel está plagado de lenguas, preferentemente italianos y americanos, y repleto de juventud. El ascensor es un cubo de esencias en el que te asfixias: un grupo de adolescentes vacían los frascos de perfume -el mejor veneno: el perfume-sobre sus escotes y por su cuello. Algún día aprenderán que la piel tiene su olor y su temblor, tan sagrados y respetables que no se pueden vulnerar con cualquier fragancia.
En Madrid, si hubiera paseado, me hubiese sentido como un jinete solitario. Si hubiese cogido el coche, hubiese quedado hipnotizado ante el volante; pero ya he cabalgado hoy bastante para hablar con los emisarios de la ausencia. Prefiero estar aquí, en la habitación del hotel -ahora en silencio, porque los inquilinos están en la caza del viernes y en la lucha por la vida-. Aquí parece que las palabras son carne y piel; y las camas, perfectamente hechas y amplias como explanadas, dejan poner encima de ellas lo que sientes para poder imaginarlo mejor. "¿Y qué siente?" Que la vida es oscuridad y luz, ambas, indisociables. Y le digo otra cosa: hay quien vive de penumbras y quien vive de contrastes extremos entre luz y oscuridad. Como el día de hoy en Madrid: granizada, lluvia a cántaros y sol deslumbrador para acabar en un crepúsculo perfecto, ¡perfecto!, con los contrastes de luz más misteriosos y enigmáticos que nadie pueda imaginar.
Ahora es la habitación, a oscuras, la que hablará: hablará del río de la sangre, de los emisarios de la ausencia y sus consultas, sus citas y la prolongación de la caída. La habitación a oscuras, fría a pesar de la calefacción, será más elocuente que las luces de esta ciudad. Vendrá Satriani, vendrá Magnum, vendrán los grupos que hubiera deseado ver; pero no viene el que quisiera ser espectador. "¿Por qué, señor?" No todo tiene un por qué; ni siquiera un para qué. No interesan las razones, porque van hacia el pasado, y el pasado ya no es. Tampoco el futuro es. Sólo es lo que es, aunque necesitemos esas elongaciones que miden el pasado y el futuro.
Uno ya no es nada y eso se quiere olvidar. Lo quiere olvidar todo el mundo -cada cual a su modo-.
La habitación a oscuras del hotel querría un aura, pero no el aura de una neuralgia, sino el aura que se arriesga, que osa, que adivina un átomo posible de lo que imaginó. Pero, pienso, y no es la habitación la que quiere nada. Pero entrecierro los ojos, hago como que me adormezco, y surgen imágenes del cine francés, la sirena que atraviesa la ciudad para dar con quien sabe que ha de ser redimido por su amor. Eso solo lo puedes sentir entrecerrando los ojos. "Fui buscando señales". Es cine. Todo es cine; sí, Aute, también en eso tenías emoción.
Madrid es un conjunto de raíces que perduran; los frutos, ¡ay, Madrid, Madrid!, nos vamos pudriendo. Pero tu luz oscura me hace recordar y creer.



11.3.18

Como un rigodón.

Rigodón. ¿Sabes lo que significa? Es un baile; pero leer "Rigodón" significa trenes arrollando cuerpos muertos en vida para devolverlos al lodo y al barro ensangrentados. "Rigodón" es una vía, un hombre lisiado y perdido, un loco que gracias a su locura puede reír sobre los cadáveres que tildan la vía. "Rigodón" es esperar un tren y recibirlo hasta ser roto en mil pedazos. "Rigodón" es un silbido permanente, fijo, estridente en la cabeza; agotamiento de años, mentiras, delaciones, ensañamiento. Un baile de ruedas que no descarrilan por mucha carne que cubra los raíles, eso es "Rigodón". La población, perdida, vacía, contempla trenes y trenes y trenes; cadáveres, cadáveres y cadáveres: y es real. Aquí no hay ficción, esto es siglo XX en vivo y en directo: el cuerpo como carne, como vísceras, reventado y otros sonriendo, babeando, disparando, cortando a trozos lo que pueda quedar de un ser humano. En esta escapada nada vale menos que el hombre ni es más irrisorio. Niños despanzurrados, tripas sin continente, música perdida; pero música -bélica, mecánica, estridente, pulida en la guerra, con la belleza de una danza macabra-. Todos bailamos el rigodón; algunos con mucha conciencia, con mucho dolor, sin anestesia, torturados día a día durante años: él lo sabía. Él vio muchos cuerpos y muchos trenes y maquinistas sin vientre y ferroviarios metiendo los intestinos en los bolsillos por si en alguna ocasión todo se reconstruía. Trenes y sangre; trenes y música, trenes y guerra: todo veloz y con un ritmo impresionante, con un ritmo que hace que toda esa escena sea bella, que tenga la macabra belleza de una realidad en la que la muerte se hace natural, automática, estratégica y metódica. "Rigodón" habla de un tren de vida en el que estallas y mueres sin percibirlo y sin ser percibido. Incluso siendo percibido este dantesco monumento, nadie siente, es la ley del hombre, una ley macabra; y es el hombre de ley el que no puede coger las piernas que se han separado de su cuerpo al pasar esos trenes en los que Céline camufló su maltrecho cuerpo para abandonar una Europa de muertos vivientes. Bailemos el rigodón, con voz quebrada, rota, de viejo, de anciano próximo al aneurisma; bailemos el rigodón viendo pasar barcos sobre el Sena y no trenes sobre raíles rojos de sangre. Rigodón es lo que nos queda a los burlados y parias de la vida que se mofa de los cuerpos que la arrastran. Una sucia taberna, un bandoneón, una bebida fuerte y cantar, cantar desafiante y orgulloso, que no eres de los que quedaron atrapados en los trenes de la muerte. Ese baile queda.

10.3.18

Arrumaco de finde

Recuerdo cómo se enamoraban nuestros padres. Tengo noticia de cómo se enamoraban nuestros abuelos. Antes me extrañaba, al comparar, cómo han cambiado tanto las costumbres. De lo que fue, de nuestros padres y abuelos, algo sabemos. De lo de ahora no sé explicar muchas cosas. Sé cómo llamarían padres y abuelos a la conducta de algunos y de algunas en eso que llaman "seducción" -y les doy toda la razón, con una precisión: nadie suele cobrar en euros-. Nos hemos acercado a esa Utopía de Tomás Moro en la que antes de cualquier coyunda has de conocer el ganado o no hay trato. De nuevo el santo tenía razón. Alguien dirá que la jodienda no es amor: ¡vale! Pero aquí y ahora sin jodienda solo queda llenar la panza, broncearse el cutis de alcohol tras haber maquillado la senectud que aflora, pillarse una gastritis, poner verde a los que no están en la reunión; alardear de un par de lecturas y de alguna visión habida en una sala oscura... y poco más. Y eso cuando lo permite la semana en su cola, en su week end, al final de su tracto digestivo. Eso es amor, eso es gozar, eso es (infle usted el pecho hasta que se remarquen los pezones, sea hombre o mujer, y pronuncie exhalando con un deje de glorioso ente): amistad. ¡La más perfecta forma de amor! La amistad es la grasienta tapa y la mal tirada caña que saben a maná y ambrosía; la amistad es la risa de varios segundos con suficiencia de cigüeña aposentada en un poste de alta tensión; la amistad es el "¡Y no digas que yo te lo he dicho, pero es así, como te lo cuento! ¿A que no lo sabías? ¿Ves? ¡A ver si se lo vas a decir!"; la amistad es el "¡Llámame y te digo! Creo que te lo puedo solucionar; veré qué puedo hacer. Dame otra caña" -y después no hacer nada, excepto olvidar con hábiles excusas-; la amistad es preguntar por los vástagos que te importan un comino y por los congéneres con aire de inquietud -sin necesidad de ensayar previamente en el espejo-; la amistad es visitar algún sitio para repetir el ciclo tapa-caña-risa-murmurar, pero con monumentos más bellos y en parajes de ensueño. Sí, la amistad y quizás el amor, ha quedado en eso. La parada o cubrimiento no tienen tanta trascendencia; y hay más gratificación en compartir un solitario que en atravesar el vacío con la espada. Lo que hace serio el cuento del amor es lo que se evacua, porque ahí entra en juego el peculio que compensa el desaguisado de hacer participar en esa imbecilidad a otro ser. 

9.3.18

La palabra del ángel

Acabo de hablar ahora con el ángel y estas han sido sus palabras: "Cuantas menos fuerzas tengas más predispuesto estarás a esa estabilidad que da la debilidad". 
Son el resumen de una íntima conversación. 
Puede que haya una razón para que yo haya sentido esa necesidad de escribir las catorce palabras. No sé por qué escribo esto. Me sabe extraña esta confesión. No importa; no puede y no debe importar. Ahora la palabra del ángel es la fuerza que tengo.

7.3.18

Espejo

Quien busca juegos -hombre o no hombre- es jugado. Usted -le trataré de "no hombre"- quería y quiere juguetes. La seriedad le falló, como a todos, pero en su caso estrepitosamente. Lleva usted sus hilos atados al cuerpo y colgando de la cruceta que le mueve: con eso le sirve para jugar. Trata al otro de esa manera: cual títere y sin mayor propósito. Su vida está hecha: el resto puede ser o no ser, ¡para lo que importa ya! Es usted un "no hombre" muriendo en vida, ¿cómo le va a importar que se mueran los demás? Tiene sus estrategias, sus cebos, sus prótesis para ir tirando; pero poco más. Estadísticamente esos aperos le darán para mucho siempre que no sea selectivo. Usted tiene su cajita de contactos: de madera, inanimados, solícitos como lo muñecos que son... ¡Y tiene muchos! ¡Muchos! Si se le cuela algo vivo, coge el dedito y lo tira. ¡Será por alcornoques bonsai! Se pega las etiquetas de identificación de la mayoría: "bueno", "inquebrantable", "sincero", "honesto"; y alguna que otra. Después pinta las etiquetas con predicados, las une y ya tiene una identidad que asumir soportablemente. Cuando "la vida" golpea, coge las tablitas de madera y juega a "los fines de semana". Si el golpe es fuertecillo moja las tablas en alcohol y se echa un poco para acompañar, así las endorfinas se desperezan un poco. El resto de los días coge la etiqueta de "responsable" y hace el papel. Es una vida como cualquiera que quiere ser cualquiera y, por tanto, justa en cierta medida. Conforme pase el tiempo tirará más de recuerdos, los abultará, hará que un solo recuerdo valga por todo el camino y así hasta el final. Es un juego que para usted es el juego.

Free counter and web stats