Los ocultos están ahí.
La lluvia es agua de siempre. Las ruedas girarán sobre el agua de esa lluvia y te llevarán ahí, donde ahora mismo estás pensando. Y te quedarás allí, tumbado, sin eso que llevas dentro y con un respiro dirás lo que quieres decir. Así me hablo. Usted ya tiene su vida; vívala, si puede. Usted no es mi problema como yo no soy el suyo. Hable con Dios. Y si no hay Dios, entierre a sus muertos; siempre hay algún muerto al que enterrar.
Y a usted (o a ti) que se maneja en el subsuelo: no se calcula el tiempo del hartazgo y del hastío. ¿Qué importa cuánto sea el tiempo? Lo que importa es la muerte de lo vivo; y cuánto tiempo lleva muerto lo vivo, haciéndose el vivo.
Si usted (o tú) se metiera aquí dentro, se sorprendería de no sentir ningún miedo por lo que se pudre. No lo sentiría. Se manejaría con florecitas de primavera o con crucecitas de pasión. Se comportaría como el cadáver que es y que transpira.
Si un rayo de luz rompiese esta ventana y me partiera en mil pedazos mostraría todas las motitas de polvo que uno es. Usted es esas motitas a millones.
Abrid las celdas.

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