Cada paso es un ascenso y tensas los pies, subes, piedra a piedra. Por horizonte todo y nada; porque da lo mismo y se ha superado el obstáculo del miedo. ¿Quiénes? Preguntas que bajo el sudor desaparecen. ¿Por cuánto? ¿Desde dónde? ¿Por qué? Ráfagas de aire y una mirada hacia arriba, pisando rápido, en obsesiva ascensión. Y todos juntos, ordenados, sentados en el ala oeste de la conciencia, velando experiencias sin recuerdo. Las voces callan, el genio dirige. Pasos y pasos, concentración, sin obstáculos. El Genio ha matado a todos. ¿Y qué ahora? Lo mismo de antes: nada. Cumplió su promesa y hoy prepara los últimos derramamientos. "Te lo prometí". Esa es la metralla que hace pisar hasta romper los tendones. "Pagarían. Te lo prometí". Y no pienso en él, no existe, no hay misterios, no hay ángeles ni genios; porque no puede ser, porque ha matado a todos. "Te ofendieron gravemente, te ignoraron". No, no fue así; los pasos aplastan las piedras, el aire parece faltar, pero la respiración sigue el ritmo. Izquierda, izquierda, izquierda, derecha, izquierda. No pararé. "No fuiste tú; fui yo. Tú solo me pediste justicia, equilibrio de la balanza. Quedaste perdido por su desprecio y su mala fe. No eres culpable". Y no basta. Los abductores no pueden insuflar más sangre al paso; entre el trote y la carrera, los pulmones resoplan, el sudor resbala por el cuerpo y él continúa. "Los maté; sí, señor. Y no es una canción de Chavela: soy El Genio y no puedes entrar en cuestiones que superan tu estable normalidad. Ya quedan menos y, en breve, segaré sus juncos y la sangre volverá al río... Mira... Mira el río... Ahí... Es limpio, cristalino, sereno... Disuelve la sangre sin que nadie sepa si la muerte es muerte". Respiro, con ritmo, con fuerza, trago saliva, trago tramos de respiración y sigo; toda la fuerza en abductores, en tendones, en rótula. Flexiono los pies, fuerzo los abdominales, el cuerpo es una perfecta máquina y el corazón un motor perfecto; pero el aire entra hasta lo más hondo a través de los oídos, se escucha, se hace de nuevo palabras. "Nemo me impune lacessit! Y no por tu deseo, sino por los actos de otros que te arruinaron. Tu padre tenía el don; y tú lo consideras una maldición. También tú morirás, pero antes ellos recibirán la saliva de tu epitafio". No puedo más, el horizonte es infinito, no acaba; los pasos rápidos, muy rápidos, quebrando mis pies, rompiendo y explotando los tendones, los pulmones ardiendo y silbando la agonía. No quiero más, no puedo más, no escucho más: sólo el silencio de la marcha, del ascenso, concentrado, solo sudor, solo una sudorosa lágrima que mancha las piedras, las aceras, la solitaria calle, la cortante recta. Los pasos se acumulan, ¡todos!, se hacen uno, el último: ni un traspiés. El corazón vomita su sangre en la recta de la calle.