Se ha depositado todo, en ese Occidente que vendió su alma al dólar y al euro, a la seguridad. Queremos la aséptica seguridad de hijos, seres queridos y demás bienamados. Pero, ¿es consciente la gente de lo que significa desear la asepsia y la seguridad absoluta a quienes queremos? Esa torre de marfil, esa tumba de diamante, ese cadalso impoluto en el que todo es diagnosticado y peritado por máquinas y analíticas... ¿Qué ofrece? ¿Qué preserva? ¿Qué garantiza? ¿Qué se da a cambio? ¿Qué se recibe?... Hay quien dice que es cosa de filósofos. Mientras las cosas que más nos importan sean cosas de filósofos, poco importa que la gente viva o muera. Si vivir es el acto mecánico de mantener las constantes vitales y no sentir dolor, y a ese vivir le ofrecemos la libertad, el dinero y firmamos por que nos lo preserven, habría que cuestionar si ese vivir es la vida que ni hemos pedido ni hemos deseado.
Se habla de cuántos contagiados o muertos ha habido de coronavirus. Y, ¿sabéis una cosa? Os engañan, se burlan de vosotros, os toman por miedosos y timoratos, os toman por protegidos y amparados. Decid a esos, cuestionad a esos que os dicen la estadística diaria de fallecidos y contagiados por un virus, cuántos se suicidan a diario: en nuestro país, en el mundo. Preguntad cuántos se suicidan cada día en el mundo. Y, cuando la curva se estabilice y mueran al día menos de diez mil personas en el mundo por causa de sí y por voluntad y desprecio de sí, daros por contentos, porque esa cifra sigue sin bajar. Y se trata de gente "sana", sin virus, con plenas facultades, sin depresiones, conscientes de la barbaridad que el hombre está cometiendo contra el hombre.

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