Cuidamos de aquella niñita como pudimos, hasta que cumplió la edad de dieciocho. La tratamos como una más de la congregación y se adaptó perfectamente a sus compañeras y hermanas. Aunque de padre ignoto y de madre por todos tratada y conocida, la carencia de tales elementos no la afectó. Tanto mis ovejas y yo supimos darle lo que todo animal necesita para subsistir con dignidad y sin penuria en las tierras de este pueblo. Pero con la edad que mencioné María Plata Dólar no podía continuar en el rebaño y la envié a la ciudad donde recibiría el sacramento de la urbanidad y donde aprendería la virtud de la hipocresía.
Me dicen que está aprendiendo el respetuoso oficio de su mamá y que lo desempeña a niveles de alto standing sin comprometer su corazón y poniendo técnica y cerebro en la profilaxis que sus tareas requieren.
Quizá algún día este pastor que os habla se acicale y vaya a la ciudad para visitar a su antigua ovejita y recordar los felices momentos en que fue parte de mi rebaño.

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