¿Usted es la pequeña molestia que acaba las cosas? Me dijeron hace años que si usted llegaba en el momento oportuno, no me importaría. Así que este el momento oportuno y a la indiferencia me remito.
Cae fuerte, ¿verdad? Una tormenta más, agua brava, ruido y algún estornudo. Esta lluvia de tarde noche no da estructura, es como usted y como yo, inconstante, de estar por casa ajena. Da gusto poder notar que llueve y que cae la noche y que los truenos aún despiertan no sé qué, señor, no sé qué. Dentro de unos días, el temido calor -lo digo como si la epidermis no fuera susceptible de hacerse antes ceniza-. Pero mientras las gotas (ploc, ploc, ploc) en el patio me distraigan, da todo igual y da lo mismo; mientras las gotas caigan.
¿Y lo importante? ¡Qué pregunta! ¡Y a estas horas fuera de horario! Mire ahí, en el contenedor "Nueve de agosto", mire. Fíjese también en el armario "Treinta y uno de octubre". ¡Como para que me pregunte usted por lo importante o por lo urgente! Y la lluvia, ¿lo ve?, ajena a la sequedad de cualquier respuesta para el pingajo de la importancia. Aun así, la serenidad de la indiferencia que no se busca es lo importante. Le respondo con el corazón bajo las alas, sin plumas y con barro en la mirada. Demasiados mensajes, mucha carga, sobrecarga de dimes distorsionados y de diretes inconexos. ¿A que sí? Cosas de esta edad que, en el núcleo, es como las otras. Nada nuevo bajo el sol, ni nada solar en cada novedad. ¿Cerramos los ojos? Si lo hacemos, dejaremos de vernos y nos sentiremos, no sé cómo, pero nos sentiremos. El caso es que así, palabra a palabra, la sensación de que algo queda ocupa el vacío.
