De muchas cosas es posible hablar. Pero a veces es preciso hablar de todo aquello que no es ni importante ni urgente, porque fundamenta nuestra muerte (la tuya y la mía). ¿Qué ciudad te verá morir? ¿Qué queda del barrio donde naciste? ¿Qué sabes de lo que tu organismo está gestando? ¿Cuántos latidos le das al corazón? Seguramente ni a ti ni a mí nos importa. Carecemos de familia, de ilusión, de amigos (afortunadamente, ya sabéis, también de esperanza), de dinero, de salud, de juventud... Estamos en lo más hondo de la pirámide de Maslow, motivados para carecer de motivos. ¿Os dais cuenta de que ni siquiera estamos ya motivados para desmotivar? Somos los retales de lecturas y vivencias, llegamos cargados de años y de inexperiencia. ¿Qué le vamos a decir al Señor cuando nos pida cuentas de nuestros talentos? Yo, desde luego, no podré decirle nada; pero no porque no los haya explotado, sino porque no hay Señor ni Cristo que lo fundó. Pero hay que hablar de todo eso que mañana por la mañana no podrá hablar cuando nos miren por dentro, ya sin vida, ya sin palabras, ya sin otra cosa que los entresijos que se venden al formol y a la ciencia. Todos nuestros conflictos quedarán ahí, independientemente de que nos hayamos movido como Pau Gasol por la gráfica de Thomas-Kilman: sajados del cerebro al talón pasando por el ano. ¡Qué asco para una mente que aspire a vivir! ¡Qué insípido y sin sentido para una mente que está muerta! Por mi parte me podría morir ahora mismo. Tras drenar la grasa y el alcohol no encontrarían ni una idea, ni un óbolo para la sociedad, ni un átomo de alma. De nada ha servido el talento ni la gloria de ser una pieza de carne maloliente en el mercado del pueblo. Se ha globalizado la frustración, el engaño de la juventud es más profundo, al poder se accede con la mano y se introduce hasta la campanilla; como conclusión los estómagos revientan y los intestinos son serpientes indomables en manos del sencillo y beato cirujano. Todo es amargura. Todo es indolencia. Todo es palabra. ¿Quién no está hueco como el culo de un cadáver en el tanatorio? El hombre jamás alcanzará el paraíso. Recuerdo a Kafka, su célebre frase, esa que dice que el mono humano salió del edén por impaciencia y no volverá a él por indolencia. Impaciencia e indolencia; mientras, en medio, Aristóteles (un busto de mármol que adorna alguna que otra biblioteca). La vida me da asco, la muerte solitaria y dolorosa me aterra... Pero esto no es nada nuevo. En este lodazal hasta Springsteen y el papa están solos -pero eso no se descubre hasta que cae la espada, aunque se siente en los grandes y breves momentos de la soledad-.
La Selva de Próspero
Sapere aude!

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