28.7.09

Mi Despedida (y III).

No todo se ha de decir en el último instante. Las cosas se van diciendo día a día, y se hace el imbécil día a día, mientras las estaciones cambian. La estación del verano exige la tortura vacacional y saldar cuentas, para eso sirven estos días: para reflexionar y comprobar más solemnemente el "engaño" en el que estás envuelto. Te levantas y compruebas que Houellebecq es un científico, sólo eso. Pero no hay errores, sólo engaños entrecomillados, frustraciones de cartón piedra, bungalows de arena. Pero siempre se levanta y se acuesta uno pensando en un gesto, en una actuación determinante, en un "ya basta"; pero acaba faltando algo y con ello lo único que se consigue es que la caída parezca que va a ser más fuerte en el futuro -pero no hay caída, seguimos en el último sótano, descomponiéndonos-.
Hoy una farsa más, otra negación que me trago (¿qué más da decir que no?), otra rendición; de nuevo hoy el sirviente sigue de sirviente (no de Bogarde). Y no puedes ser claro con quienes quieren las cosas claras, ni puedes mostrar la complejidad a quien te entienda -si te entiende está igual que tú y poco puede hacer, ni siquiera su escucha te puede favorecer-.
Así pues hoy salgo muerto de nuevo, no puedo decir que "más muerto"; pero comprendes esos comentarios post mortem del tipo "parecía buena persona". Hay que hacer de Andrés Hurtado pero en vivo y sepultado en el directo cotidiano. No obstante, querido diario, no descarto hacer mañana algún alarde, aprovechar los cuatro días que faltan y cerrar el diario con la sensación del perder cumplido. Hace ya un mes que cumplí la edad del loco y, sin embargo, sigo aquí, civilizado y cómodamente incómodo, predicando el sentido común a los necios y quemándome en el desierto.
Lo dicho, dos días y entrego el disfraz de profeta para morir como un guerrero.
La soledad es eso: ni siquiera hay otro imbécil que pueda responder por alusiones. La amargura se va de putas cuando utiliza los servicios de la poesía o de la literatura. Y ¿para qué? Si al final ha de volver al camastro para cohabitar con el chascarrillo, con el rumor, con la mediocridad y con la altanería de las gallinas. El pueblo pide salsa rock (la confunde con la sangre) y quiere usar el pulgar hacia abajo con los circenses televisivos a golpe de sms. Si hace falta un pastor, llamamos a Jorge Bucay y nos autoayudamos (nos "hacemos una", pero con apariencia de estilo, porque el autoplacer de no estar tan mal es necesario).
Monjes o pajilleros acabamos haciendo lo mismo: buscamos salir del mal sueño.

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