Cañas
Los sueños que tenemos cuando dormimos no son reales, así que se puede estar tranquilo. Esa sensación de abatimiento pasa cuando se toma un café... el café... sólo café basta. Las lágrimas de San Lorenzo han llovido durante la noche, el fuego se hizo sudor y el viento nos refrigera ahora (esta corriente de viento que todo lo ventila). El merecido descanso toca a su fin para dar paso al obligado infierno. Las molestias están ahí, las atiendas o no, anunciando un otoño doloroso. Las pequeñas hernias, el poquito azúcar, la urea como sangre: cosas concretas para ir tirando hacia abajo (o hacia arriba, según se mire).
Pero aquí las cosas son vividas de un modo natural, no de ese modo enfermizo que percibo en la gran ciudad. Aquí cada día puede ser el último o el enésimo; pero se sabe que primos hermanos, tíos abuelos, sobrinos nietos y generación tras generación acaban ahí, más abajo, al final de la calle. Y no hace falta que los cipreses señalicen el aparcamiento: aquí todos saben con una sencilla forma de vivir que nuestras ruedas acaban por desinflarse. Aquí la gloria es de la naturaleza, no del hombre. Cualquier acto puede ser sorprendente, todo se comenta y hay una historia en cada centímetro cuadrado; no se necesitan para nada los extraordinarios eventos al uso en la gran ciudad. Aquí todo puede ser extraordinario y se puede bautizar con la transcendencia del rumor. Todo menos la muerte, que es una cosa más que está ahí como los árboles, el río y la sierra.
Hay campanadas porque hay iglesia y hay iglesia porque hay creyentes; hay protectores que desde algún lugar -celestial o abstracto- le quitan hierro a la guadaña de todo a un euro (que es el morir). Si uno estuviese aquí mucho tiempo, recobraría la fe. Todo es cuestión de costumbre. Hay fiestas, hay santos, hay una virgen, un niño, un crucificado; y hay miles y miles de cervezas para comulgar como Dios manda (y Dios manda divertirse bajo las estrellas y frente a las estrellas). También hay invitados, orquesta y verbena (Barón Rojo, para ser más exactos) que acabarán por derretir las calles el 16 de agosto.
Un gran corazón late con sencillez e intensamente y en cada vaso hay un cáliz que puede ser el último. En cada Mahou hay angelitos negros y en cada rincón se puede encontrar la planta cuyo fruto conceda la inmortalidad. Muchos fuman, pero fumar es un modo de inhalar las partículas sagradas del Hacedor, porque de otro modo sería imposible digerirlo. El calor lo limpia todo, el sudor lo limpia todo, el viento lo limpia todo. La sierra observa y calla mientras enseña prosopopeyas a los animales. Todo es elemental y se hace básico, todo conserva su orden y su calma. Se espera la llegada de Jesús modestamente, con la piedad de las flores, a tono con los tiempos. Se aguarda el instante de la gran celebración, cada cual es paciente hasta la noche y el pueblo celebra la comunión de los santos entre obleas de lomo y jamón. La vida es tan sencilla como su contrario, no hay prejuicios, todo es un comentario al texto del día a día, nadie es más porque sí. Yo duermo canteado hacia el vacío, anestesiado, lene. Yo duermo entre cañas de cerveza y rock, orientado hacia un tallo de mujer ligero y sencillo como una canción de amor. Mi antigua desesperación ha recorrido los cañaverales hasta encontrar difuminadas imágenes de un hogar; y aquí está, densa y liviana, opaca al ruido del silencio, como marina, como sin calificativos, inefable y eterna -pero vital como una raíz que busca tierras familiares-. Mi desesperación arraiga y florece para dar frutos de luz nacidos en cavernas que he sufrido a mi manera. Vivo y duermo, olvido, muevo estrellas, juego y soy, asciendo, me empeño y me despeño, reconstruyo, desciendo alto, levanto miradas, ruedo y giro, respiro.
Pero todo eso es aquí, a unos trescientos kilómetros del infierno al que hay que retornar.
Podéis ir en paz.

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