He terminado la lectura de un libro. He leído palabras y más palabras, le he dado vueltas a lo mismo. El calor es obsceno y huele a orín. Las sirenas suenan, huele a tabaco, mi ánimo está "bajo", la angustia está abotargada. Somos química. Es la hora de las noticias: recuento de muertos y de victorias deportivas. Me siento extraño, arrebatado e influible. Soy mancha entre huecos de luz y de sombra.
Todos hablan: el "orden líquido contemporáneo", los constantes vaivenes o el vaivén constante, "el hecho de que nos estemos volviendo extremadamente frágiles y fácilmente insatisfechos", el "síndrome general de adaptación". Hablan y hablan en las retenciones, en los atascos, en las doce horas de Madrid a Cáceres. "¿Usted ha leído a Durrell?" "¡No! ¡No, señora! No lo he leído, sólo lo leo". "¿Y a usted le gusta Leo Ferré?" "¡No! ¡No, señora! A mí no me gusta Leo Ferré, sino sus canciones". "¿Sabía usted que felicidad es igual a S más C más V?" "¡No! ¡No, señora! No creo en la excelencia de ningún tipo".
Recojo los fragmentos del día y creo en María. Sé que toda fe termina -no termina ni bien ni mal, sólo termina-. La fe es un niño que crece para bajar desde lo más alto.
Fragmento extraído de La disolución como forma noctámbula de convertir en oro el ácido úrico a través de la muerte presentida de Alonso Prieto Zulueta de Alonso Prieto Zabaleta. (Edición española).

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