Estoy en el sótano y no espero a nadie.
Trastos inútiles forman montones polvorientos y sin vida. Una piedra con forma de corazón (¡qué ironía! ¡Un corazón de piedra! ¡Una piedra de corazón!), un atril con las obras completas de Cortázar, cajas, pañuelos secos de papel... Todo eso sin las salvas de la palabra. Suena la campana, son las once, veo estrellas y es de día. Oigo luces y eso no es posible. Hay una muñeca macabra, deteriorada, con la porcelana descascarillada, señalando a una hormiga. "Yo he secado el jazmín porque mis padres vivían en él; y yo tenía que matar a mis padres", me dice. "Pero, ¿por qué utilizaste una hormiga? ¿No sabes que dicen que Dios vive en las hormigas?", le respondo. Entonces la muñeca abre su barriga y deja escapar miles de dioses; y también hace estallar sus ojos de cristal para llenar toda la habitación de hormigas. Entonces Dios habita este piso como una morada santa y me habla, como sólo Dios puede hablar a los locos. Puedo ver, al abrir la nevera, que ahí está, fuera de la manzana, la vieja serpiente. Nada más abrir estrella su cabeza contra la mía y caen mis gafas al suelo. "Mi boca es una vagina roja y mágica que recoge los gemidos de la gente", me silba. Salgo al patio para recoger mi cabeza y hay un niño que no acaba de morir y me pide que le mate, que por favor le mate, que así no puede seguir muriendo. No puedo hacerlo. Pero las hormigas de la muñeca le ayudan a acabar y Dios existe. Me quedo en el patio esperando el desahucio. La muñeca me dice que mañana exhumará un pequeño ratón que enterró hace un año en la planta más olvidada. Y Dios existe.

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