Nuevos propósitos para el nuevo año... ¡Qué mal suena! Si acaso, propósitos por necesidad, por imperativo vital, pero nada más. Nadie puede proponerse entusiasmo cuando nada entusiasma y la esperanza es algo sui generis, asociado más con la química que con la espiritualidad. Para sobrevivir hace falta una pizca de costumbre y que esa costumbre ayude a sobrevivir. Por ejemplo, saber la fecha en la que vives el día que despiertas y mirar en una lápida imaginaria tus datos con esa fecha. Así podrás irte "sabiendo el día", aunque no la hora. Poco más se puede hacer en esta selva en la que nadie tiene garantizado nada digno -no lo merece-. Por ahí fuera gritan, se manifiestan, y todo semeja un balido sin lana. Todo lo vital es previsible, sólo la muerte no lo es. Y no diría yo "la muerte", sino "morir". Unos de nuevo al trabajo, otros de nuevo a mendigarlo; otros con su cruz o con su media luna a cuestas... y así todo, y así la rueda. Los más culpables hacen poesía y van de tertulia en tertulia por los escenarios de la radiotelevisión y de la historia. En esta dictadura que atravesamos, la más incruenta y la más insufrible, sólo la libertad mal entendida tiene patente de corso para atravesar la opinión. Mientras, la verdad es multada, aprisionada, mutilada y condenada a muerte. Pero esto ha pasado siempre así y seguirá pasando. Malvivimos y una generación de "ninis" nos sucederá, con sus proyectos polvorientos y momificados antes de ver la luz (¡eso si se forjó algún proyecto!). Ni estudian, ni trabajan, ni quieren, ni pueden. ¡Legiones de manifestantes nos esperan! Pocas cosas se pueden valorar tanto como el silencio en las calles. Pero el silencio hay que ganarlo a pulso (y casi siempre con las armas -qué armas es una cuestión aparte-). Descansemos en esta asquerosa guerra de supervivientes sin causa.
La Selva de Próspero
Sapere aude!

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