La Selva de Próspero

Sapere aude!

25.1.07

Increíble, pero aquella mujer me seguía. Porque yo jamás fui seguido ni perseguido por nadie más que por mí mismo, se me hizo increíble hace milenios -parecen milenios-. No porque fuera mujer me admiré. Una mujer no difiere en nada de las demás cosas -y mucho menos de mí-. Pero me seguía: un modo como cualquier otro de salir de sí misma, de su nada, de la nada de todos. Increíble ser seguido, hoyado en lo que dejas, como un recuerdo empolvado por pisadas ajenas que no ofrecen nada más que un detrás que va a la espalda-va, camina, te acecha y te extraña; incluso pudiera pesar como una mirada que no deseas, como una presencia que lastima y un aliento que embadurna la vacía metáfora de la vida-. Aquella mujer no era ésta, ni ésa; sino aquélla, lejana, esfumada de un suspiro y etérea como la espuma de un delirio. Aquélla, olvidada, sepultada, sin aliento; increíblemente, me seguía. Aquélla que me mostró la nada de todo y lo lleno de vacío que se puede descubrir un individuo... me seguía, aún me seguía, aún estaba allí como un mastodonte cuando despiertas; como una araña esperando abastecerse del virus de mi recobrada rabia. Increíble, porque creí que todas mis creencias habían sido rebasadas por el desprecio que da paz a la ira. Increíble, porque la que fue cercana como un solo cuerpo y una sola alma aún alentaba en el sótano de lo desconocido. La que fue más allá de cualquier demostrativo o posesivo me seguía hoy, me sigue ahora, como aquella mujer que fue madre de todas mis carencias y de todos mis motivos. Increíble, pero aquella mujer me sigue como todo lo cierto. Anda a mi espalda y vuelve a mi cerebro; vuelve y sigue torturando mis ideas, me persigue. Y me persigue como nos persigue la sombra de quienes perseguimos.

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