Querida de mí y de todos los que te quisieron:
Si hubieses sido un mapa, te habrías convertido en plano de tantos como deambularon por tu geografía. ¿Quién podría reconstruir tus calles pateadas de caricias mejor o peor pagadas? Ahora se muestran los cimientos y el suelo del solar. Era como todo cuestión de tiempo. Los poblados que se dejan de transitar acaban habitados por gusanos. Pero en tu caso, amor, no hubo gusano que no dejara su viscoso rastro esparcido por tus terrosos poros; ni antes ni ahora, ni ayer ni hoy, hasta el último día. La cirujía de la muerte es simple... y gratuita. Y la muerte no es un gusano. Ni tampoco es esto ni lo otro, ya que por no ser, ni es. Y es ahora, tras su impasible paso, cuando yo debería derramar lágrimas, lágrimas que limpiaran los excrementos de humanidad que te vistieron. Se supone, como ley natural no escrita, que yo hoy debería ser el que rinde los honores: el que devuelve el cariño que no recibió, el que perdona la total indiferencia, el que agradece la vida que se le concedió sin pretenderlo. ¡Tantos supuestos permiten gobernar el mundo! Pero dudo que pudieran gobernar la libertad que esta tarde tengo de poder no sentir nada ante tu tumba. ¡La libertad de devolver al polvo el polvo y las cenizas de lo que quemaste mientras la vida te reptaba!
Ni una flor, ni una cita, nada vivo que sobreviva ni en metáfora al vacío de tu existencia. Si acaso estas palabras, que no son más que el esquilmado baboseo de un eterno pretendiente. La voracidad de la babosa es hoy desgana y apatía. Todo es cero en el pendiente de la vida que has dejado. Los indicadores de la felicidad jamás tuvieron un objetivo que cumplir. La empresa ha muerto bajo el lodoso polvo de sus accionistas. Y mientras yo quede como el resto de este desahucio sólo lamento una cosa: permanecer, madre.
