La Selva de Próspero

Sapere aude!

17.8.08

Buscar fuera

Las estrellas de San Lorenzo atraviesan el dogal hasta impactar en un corazón helado. Mientras, queda el arriero vaivén de la risa que no cesa. Las generaciones perpetúan la risa y el llanto -estériles en sí mismos como Dios es estéril por los siglos de los siglos-. Pero lo importante es opositar a muerto y defraudar a la conciencia. Siempre nos quedará algún periodista o juez que dé fe de esta barbarie con palabras bellas. Las iglesias, los bares, las terrazas: etílicos reductos de la solitaria peste ciudadana que se elevan bajo el subsuelo. Los perros siguen hambrientos, el cadáver de la oscuridad sigue esperando. Hay una pasarela en cada esquina y bajo el sol sobre la que poder ahogar entre risas gritos de socorro. Tú no importas, sólo complementas; tú no creces, sólo desarrollas. Los peldaños de cada escalera están ahí para sentarse antes de tropezar. Cuida tu piel, cuida tu pelo, cuida tus más ornamentales pertenencias... ¡salva tu culo! Es lo más precioso y cristiano que tenemos desde que venimos al mundo. Todo está fuera para que lo busquemos, son los otros los que prenden la mecha de la risa: entre conocidos es muy difícil ser serio o respetable o hacer valer el deseo como opinión. El que busca fuera se puede permitir encontrar por breve tiempo el enigma de lo extraño y admirarse. Después, a medianoche, se encienden las artificiales luces de la razón y todo vuelve a ser lamentablemente ciudadano y pordiosero. Nadie dijo jamás, entre los que no dejan de buscar sin encontrar, que el hombre fuese algo digno de ser padecido. Si la victoria está del lado del pasado, honremos y muramos.

14.8.08

Lo que no me pertenece

El último escalón mientras miro al suelo.

Quedarse sin respiración, saber de ese quedarse, ir desalentando y desalentado; ir muriendo en cada risa y deviniendo sin devenir: ¡cuánta saliva seca! Incapaz de una decisión, porque tan lícito es matar como curar, hablar como callar, confesar como delinquir: arte de jueces partidos. Yo sordo, vertiginoso y en giros, plúmbeo como grasa verbal para remansos, pero yo y sólo yo. Confesar ante uno mismo que en un instante vence la conciencia del vencimiento: eso es morir dolorosamente. Un pasillo, el mismo u otro, el pasillo indeterminado y sin señales que señalicen, el corredor para paseantes mutilados; el camino sobre el vacío, la perpetua indeterminación, el vaivén sin socorro, la victoria ajena; el espejo, la pizarra, la pantalla, la palangana; el Cuerpo de Dios: todo lo que no me pertenece. Se rebaña al rival, se baila con aliento prestado, se vende un payaso a cuerpo de rey, se castra a crédito, se regala la vida nominal de un plumazo. En suma, se permite restar y caer lanzado desde el cielo. Las oportunidades jamás vividas siempre estuvieron ahí para los que supieron ver. Si hay envidia, es la de haber visto y pretender estar ciego. La juventud todo lo puede, porque no es más que veneno para matar la vida de los que viven la muerte. El miedo gana y yo no quiero volver a morir.

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