Así vende tu hipocresía, así vende tu soberbia, así tu puerilidad sublimada en olvidos e indiferencia aduladora.
Mis ángeles no caerán nunca; y tú no eres ni tan siquiera un mal genio.
La luna es una peca que hace femenino a lo que carece de tono en sexo y verbo. Lo sabes y te tirarías por mil acantilados para olvidarlo, pequeña ignorancia, mirada enana, desprecio sin abrazos.
Ni hartazgo ni satisfacción: sólo la desmesura del absurdo que desde siempre me acompaña. ¿Y a mí qué? Quédate con las raíces del aire y con el polvo del viento: quien te maltrate te ha comprendido; pero yo estoy más allá de trato alguno. Ni vencedores ni vencidos.
Te sentarías y elevarías tu mirada a un no sé qué de estrellada indolencia; pero siempre que yo estuviese bajo tierra. Mi sonrisa es clara. Tu perdida pérdida es manifiesta.
Un pañuelo.
El laberinto ya no se bifurca (llora); las hojas están hechas ceniza y cada padre ha perdido su derecho a la ira. Los que lloran no tienen nada que añadir; ni una flor se riega con dolor ajeno. La danzarina está sola y la niña se ha ahorcado de la higuera. La Luna está muerta. Aquí me quedo, nos quedamos; tú y tus delirios seguirán sobre un humus de polvo y ceniza que no tienen historia.
Te quedas con el método. Descartes es tuyo. Te lo regalo. Lo mío, ya sabes, son los muertos. Quédate con la viva realidad. No agobia la realidad. A mí me queda el vino y la rémora de la libertad... Sí, la libertad, algo que jamás te tocó ni te tocará; algo que a mí jamás, y para mi desgracia, me abandonará.
Llorabas para construir muros de ira que olían a podrido.
Dormías para alejarte con desprecio de lo que nunca desprecia (jamás admiró).
Criticabas y criticas... ¡como con criterio!
El desierto es una palabra que se difumina. Tus labios están secos. Tus ojos no tienen brillo. Tu pelo se aja como las cobras en tiempo de cólera. Es el momento de que llueva sobre tu pozo la cólera de un mal bien conocido.
Tu rostro al viento, tu cabeza hacia las estrellas; pero tus pies arrastrando polvo y devoción hacia los que te flagelaron con sus vergas de hielo y costumbre.
Tu grasa resbalando sobre la hiel, tus rayos de hiena sonriendo entre poros quemados y podridos de entrega barata y sin más valor que un intercambio de flujo en el cieno.
Tus escaras esparcidas contra la Luna para dolor de los que dignamente se convirtieron en arena.
El camino no es blanco ni hay nieve que huela a estaciones cercanas. Tu escalera se desciende fácilmente, tus pechos se secan, tu vagina se comprime a estertores de hiel barata.
El camello saja su joroba, la vaca sus ubres, la madre su puerta reseca: cada cual te da el óbolo que cada hembra de chacal merece. Te pudre el viento y te desahucia la armonía.
He venido para hacerte daño y para verte morir en paz.
Todo desvirgar admiraciones tiene aroma de Loquillo; pero los sepultureros usan polvo de Rigodón. No hay comparación. ¡Para lo que vas a durar! Así que, sin consecuencias. Sólo un eco que reverbere en la oquedad de la Luna cuando se sacia su muerta vagina con niebla de barro. ¿Verdad, zorrita multicolor? Así se preñan de sangre abortada las rameras que se convierten en virgen cuando la noche las sume en un sueño violento. Los cuerpos tiemblan bajo un haz de nervios que se sofoca de espasmos nunca colmados. Así tú, ramera; así tú, viento de desierto inacabado y pobre. La llanura se alimenta de los pechos que lija y de los agobios que se convierten en flor de loto para cada esquina de barrio chino. Dame tu muerte y yo te daré el salivazo que cura al ciego y el hígado de pez que ahuyenta los demonios. Pero no me traigas como precio la cabeza de un Loquillo. Conozco tuberculosas flemas que valen por toda una discografía de un descoyuntado cogote de acémila -y que me perdonen las acémilas-.
San Miguel es más cruel que el diablo, ¡mucho más! Por eso venció a Satán cuando era Dios (cuando era Dios Satán, no San Miguel).
El camello bebe sangre. Mamá se ha roto el útero con el consolador de Cristo. Los muertos se pudren. Yo hago gárgaras con los gárgajos que el toro de la mansedumbre vomita.
Paz.