Me pidieron un cuento de príncipes. Pero yo no sé contar cuentos, yo no sé nada; yo sólo sé de la misa la media. Pero puedo hablar de príncipes, puedo contar algo de príncipes, puedo usar la palabra "príncipe" e intercalarla por aquí y por allá.
"Había un príncipe, hijo de rey (¡qué redundancia!), que quería ser rey -es decir, deseaba ese "trono-Roca" en el que poder sentarse por el resto de sus días y cagar firmas sobre el papel que después se publicarían en el B.O.E.
Había un príncipe que quería una princesa para no tener que tirar de las siervas de palacio como si fuese un lacayo más. Todo príncipe ha de tener su princesita al lado, a la que cuchi-cuchichear y hacer mimitos con el coronario cetro que le hace real y regio ante las doncellas.
Había un príncipe, tonto y bobo, necio e inculto (o sea, había un príncipe y punto); que de puro príncipe no sabía ser otra cosa que príncipe abocado a rey -siempre y cuando el rey tuviera la dignidad y la decencia de morir (no importa si con realeza o "a lo humano", o sea, cagado de miedo y rabiando por tener que abandonar el jiñatorio trono.)
Así pues, y dejando bien sentado que había un príncipe, veamos: ¿qué sucedió con el príncipe? ¿Qué le hizo destacar? ¿Qué le hizo ser algo más que un mero príncipe de esos que han pasado a la historia y que los guías turísticos nos señalan en los panteones, mientras eructamos en la digestión de la comida? ¡Ámigo! ¡Ahí está el quid de todo relato, narración o cuento! Hay que hacer destacar al principito, darle un toque original y atractivo para los borreguillos de modo que giman de placer: "beee... beee... beee... beee..." Y la verdad, no se me ocurre qué podría hacer original al príncipe de mi historia.
Si hiciese de mi príncipe un maltratador, sería un ciudadano común y vulgar, alguien normal incapaz de distinguirse del resto de los mortales masculinos. En cada macho hay un maltratador en acto o en potencia (lo dicen las mujeres, así que: "palabra de Dios".)
Si hiciese de mi príncipe un borracho, sería un adolescente que termina siendo abuelo con un tonel bajo el brazo y en las arterias. O sea, un ser "humano, demasiado humano", indiscernible del resto de los machos que pueblan cualquier ciudad y que gozan de los favores de las mejores hembras.
Si hiciese de mi príncipe un toxicómano, no sería diferente de cualquier pop-rock-star de los últimos siglos. Un príncipe así aburriría, porque se cuentan por millones.
Si hiciese de mi príncipe un cristiano... :)))) ... (Mejor me callo.)
Si hiciese de mi príncipe una especie de Elegido como el de la novela de Thomas Mann ... :))) ... (Mejor me sigo callando.)
Si hiciese de mi príncipe un representante de Dios en la Tierra, un símbolo del bien y del amor, un estandarte de los valores más nobles y sagrados... le tendría que llamar Fortasec para poder seguir escribiendo :))) y mezclar-lo con generosas dosis de Ribera de Duero.
Si hiciese de mi príncipe uno de esos a los que la pequeña pantalla toma por reputados y dignos de seguir, se me abriría la fisura (anal por más señas) de la risa.
Si hiciese de mi príncipe un padre ejemplar, acabaría el relato con la detención de un pederasta.
Si hiciese de mi príncipe un mártir del amor cortés, un vasallo del Amor y del Honor, me leería menos gente de la que me lee. Y teniendo en cuenta que me leen cero usuarios de media, ¡llegaría a tener un número de lectores negativo! ¡Lo que es la matemática!
Nota: Estoy hablando de "mi" príncipe, un príncipe imaginario, sin ningún parecido con la realidad... y muchísimo menos con nuestra Casa Real. ¿Queda claro? No soy tan loco como para meterme con la Casa Real. ¡Como para meterme yo con la Casa Real! Admiro a la Casa Real, a la cual considero ejemplar frente al resto de monarquías. Su proceder siempre ha sido discreto y pacificador, sin dar el espectáculo que otras casas reales han dado. Y, ante todo, han respetado la libertad de expresión mejor que cualquier totalitarista lo hubiese podido hacer a mediados del siglo XX.
Si hiciese de mi príncipe un actor que consumase los sueños de las mejores teleseries, sería tan verosímil como un invitado de esos programas del "corazón" -es decir, basura y polvo-.
Entonces, ¿qué virtud o acto le concedo a mi príncipe para que pueda participar en el croquis de un relato? Sólo se me ocurre una virtud, o una serie de notas: soledad, abnegación, renuncia. Es decir, mi príncipe sería un mendigo que como mendigo muere. Algo, por lo demás, demasiado visto en la historia del relato. Así que para diferenciarlo un poquito de príncipes similares añadiré que hubo de ser por un tiempo asesino.
Ahora a ver cómo me las compongo para fabricar mi príncipe.
De la historia sólo sé cómo eran sus padres, los reyes. De esos sí puedo contar cosas. Y las cosas que puedo contar, por otra parte, también están dichas. Basta haber visto Henry, retrato de un asesino, para saber cómo eran los reyes. Quizás acentuaría un poco más en mi relato la personalidad del rey, le daría un poco más de crueldad que a Henry Lee Lucas, le igualaría un poco más a mi padre.